El Gráfico | Lulú Petite

174. La inmortalidad del cangrejo

Querido diario:

Anoche Romeo y yo fuimos a cenar. En el restaurante él se encontró a unos amigos y terminamos siguiéndola en su casa. Abrimos varias botellas. Para las dos de la madrugada, todos andábamos medio persas. Cuando se acabó el chupe se fueron sus amigos y nos quedamos solos. Me pidió que me quedara a dormir. Era tarde y con la peda encima, a dormir era a dormir. Fue la primera vez que pasé la noche en su cama sin coger.

Como a las seis de la mañana desperté. Él estaba muy pegado a mí, dormido como oso y con su mano en mi cintura. Me sentí incómoda, no me gusta dormir siendo el osito de peluche de nadie. Al coger, que me abrace todo lo que quiera, pero durmiendo me sofoca.

Me zafé de su abrazo retorciéndome como una gatita que quiere escapar de una caricia.

-¿A dónde vas?- Me preguntó cuchicheando, mitad dormido, mitad despierto. Me miraba con un solo ojo, el otro lo tenía cerrado y pegado a la almohada, los cabellos desordenados y la traza evidente de estar cargando una cruda marca Acme. No se veía guapo.
-Me voy a duchar- Respondí pensando: “No mames, si me veo la mitad de jodida me urge un baño y una retocadita”
-Pero si es muy temprano- musitó, como exigiéndome que regresara a la cama.

No respondí y me metí al baño. Me desvestí y abrí la regadera, el agua salía muy caliente. Antes de que se empañara, me alcancé a mirar al espejo. No me veía tan mal como él, que parecía víctima de un atropellamiento en una sala de terapia intensiva del IMSS.

Entré a la bañera y empecé a enjabonarme. El agua calientita terminó de regresarme el alma al cuerpo. Estaba en completa paz y armonía con el universo, sintiendo las gotas de agua tibia acariciar mi piel, cuando se abrió la puerta de la bañera y sentí sus brazos rodeando mi cintura.

-¿Te enjabono la espalda- Preguntó

Soy rara. Adoro bañarme sola. Es mi momento, el tiempo de amarme a mí misma, de acariciar mi cuerpo, de dejar que el agua lo limpie, que se renueve. Es mi tiempo de estar sola, de respirar profundo, de cuidar de mí. Me reemputa que alguien me interrumpa ese momento de paz interior.

-¿Qué haces aquí?- Pregunté frunciendo la frente.
-Vine a bañarme contigo ¿Se puede?
-¿Conmigo? ¡No! Mejor me salgo, vas tú, yo ya terminé- Respondí encabronada, enjuagando de prisa los restos de jabón y envolviéndome en una toalla. Él trató de detenerme, pero salí.

El salió detrás de mí, totalmente en pelotas y escurriendo como cachorrito.

-Disculpa, no sabía que te molestaba.

Ciertamente, nunca le había dicho que me gusta bañarme sola. Lo vi así, mitad crudo, mitad repuesto por el agua que acababa de darle otra apariencia (Eso me caga de los hombres, nomás salen de la regadera y ¡Listo! Los estragos del día anterior han desaparecido. En cambio nosotras, tenemos que dedicar un buen rato a la producción parra salir decorosas).

Se veía tan lindo en pelotas, pidiéndome perdón por algo que había hecho con buena intención, que me convenció. Dejé caer la toalla y me acerqué a besarlo.

Pegamos nuestros cuerpos desnudos, aún húmedos. Yo me colgué de su cuello y, parándome de puntitas, le besé el labio inferior. De inmediato sentí como se hinchó su erección apuntando hacia mi ombligo. Eso me calentó.

-¿Me quieres?- Preguntó con cierto cinismo.

-Sonreí, y él respondió robándome un beso, aferrándose a mi cintura y pegando mis senos a su pecho. Sus besos comenzaron a bajar de la boca al cuello y siguieron trazando su ruta hacia abajo. Cuando puso sus manos en mis muslos y su lengua entre mis piernas, adiviné que venía algo espléndido. Si algo tiene Romeo es un don para el sexo oral.

En términos generales tiene una perfecta intuición para saber que botones apretar para provocarme un orgasmo, ya sea con sus manos, con su pito o con lo que lo intente, pero cuando lo hace con su boca los efectos son electrizantes.

Miré hacia abajo cuando empecé a sentir los martillazos cariñosos de su lengua. Se veía tan tierno de rodillas, buscando entre mis piernas como si fueran un abrevadero. Sentir sus manos fuertes apretándome las nalgas o la parte trasera de mis muslos. Acariciarme la espalda, hacerme disfrutar entre una emoción y otra. Cuando al fin me provocó el orgasmo, fue tal el temblor que produjo en mis piernas que dudé por un instante poder mantenerme en pie. Sentí que me desvanecía durante el grito de placer.

Después de aquello nos metimos a la cama e hicimos el amor hasta pasadas de las once de la mañana. Entonces se levantó, se metió a bañar y, mientras yo veía la televisión, él preparó un desayuno delicioso.

Apenas me dejó en mi casa, sentí el deseo urgente de llamarlo, de reconocer que la había pasado muy bien, tanto en la cena, como con sus amigos, en su camoa o en el desayuno. Habían sido horas padres. Justo iba a marcarle cuando entró una llamada de él.

-¿Sabes? ¡Te amo!- Me dijo a quemarropa. Yo sentí un tobogán en el estómago, antes de responderle cualquier evasiva y seguir platicando con él cuarenta minutos más sobre la inmortalidad del cangrejo.

Un beso
Lulú Petite

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